Ribadavia - Vista panorámica

Ribadavia: Un Viaje en el tiempo a través de su Historia y Cultura

04/12/2023
Redacción
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Entrar en Ribadavia es como meter la cabeza en una barrica antigua. Huele a humedad granítica, a musgo terco aferrado a los siglos, y a ese aliento dulzón y volátil del ribeiro recién escanciado que se escapa de las tascas como un suspiro alcohólico. El aire pesa, denso de agua y de historias fermentadas. Pisas las losas desiguales, pulidas por incontables pasos y lluvias, y sientes el frío tenaz de la piedra subiendo por las suelas, un frío que no es ausencia de calor, sino memoria mineral. El río Avia murmura ahí al lado, un testigo líquido y constante, con esa música sorda del agua que sabe más de lo que cuenta. Tres sentidos asaltados de golpe: olfato de bodega, tacto de cripta, oído de confesión fluvial. Bienvenido a la capital del Ribeiro, donde hasta el silencio tiene graduación.

Yo, el granito y la memoria líquida

Estoy aquí, un cronista con vocación de esponja, intentando absorber esta atmósfera hecha de piedra y vino. No busco la postal fácil, la judería de manual para turistas con prisa y alma de teflón. Busco el nervio, la grieta por donde respira este pueblo que parece esculpido por un dios cantero con resaca. Camino por las rúas estrechas, bajo soportales que te obligan a encoger los hombros y el orgullo. Aquí, en la antigua Rúa da Xudería, donde la piedra parece susurrar apellidos olvidados –¿Abravanel, Benveniste?– y ecos de la sinagoga perdida tras la puerta de la Vila, me siento observado por ventanas ciegas, por escudos nobiliarios gastados como monedas antiguas. Soy un intruso con cuaderno, un voyeur de la historia ajena.

Este cuerpo mío, tan acostumbrado al asfalto indiferente, aquí se vuelve brújula. Siente la pendiente, la rugosidad del muro donde me apoyo, el vaho que se forma al respirar este aire cargado de leyenda y uva treixadura. Recuerdo a Umbral, claro, cómo no recordarlo aquí, donde cada esquina es una metáfora esperando ser escrita. Él habría dicho algo así como que «Ribadavia es Madrid sin la prisa, pero con la misma sed metafísica». Yo, más modesto, más Nadal si quieres, simplemente siento el peso de los siglos en los hombros y una punzada de melancolía gozosa. Esta tierra te obliga a sentir.

El verbo breve de la taza

Entro en una de esas bodegas excavadas en la roca de Ribadavia, donde el vino se sirve en cuncas blancas, sin pretensiones. Un hombre mayor, con manos como raíces y ojos del color del río, me sirve un ribeiro turbio, casi vivo.

¿Es de casa? —pregunto, por decir algo, por romper el hielo pétreo del lugar.
Aquí todo é da casa —responde, sin mirarme, mientras limpia la barra con un paño que ha visto mejores días—. O viño, as pedras, os mortos… Todo queda.

No hay más conversación. No hace falta. En esa frase está todo: la permanencia, la raíz, la aceptación de un ciclo inmutable. Aquí el tiempo no pasa, se acumula. Como el sedimento en el fondo de la botella. Es un microdiálogo que sabe a verdad, áspero como el primer trago.

Donde el musgo es escritura

Ribadavia te embriaga sin necesidad de beber demasiado. Es una embriaguez visual, histórica. Las ruinas del castillo de los Sarmiento, señores de horca y cuchillo que dominaron estas tierras hasta que Irmandiños y Reyes Católicos les pararon los pies, son como una muela rota en la boca del paisaje, un testimonio de poderíos idos ahora colonizado por la hierba. Pienso en la Festa da Istoria, esa catarsis colectiva donde el pueblo se disfraza de sí mismo. ¿Celebración o blanqueamiento selectivo? ¿Se recuerda entre tanto jolgorio medievalizante al converso Maior Honorato, médico y poeta ajusticiado por la Inquisición, o sólo la estampa amable del artesano sin sombra? ¿Una forma de recordar o de curar la herida maquillándola?

Este lugar es una contradicción hermosa y brutal. Es piedra que quiere ser líquida (vino) y vino que aspira a la permanencia de la piedra (historia). Hay frases largas, como las parrafadas del Avia en invierno, y silencios cortos, tajantes como una verdad incómoda. Las metáforas aquí no se buscan, te asaltan: la judería es un laberinto tatuado en la piel del pueblo; el río, una vena abierta de Galicia; cada cunca de ribeiro, un sorbo de tiempo destilado. El musgo que trepa por los muros no es suciedad: es la caligrafía lenta de la humedad, la verdadera escritura de este lugar. Y esta imagen sí necesita respirar sola, sin más adorno.

El eco en la copa vacía

Me marcho de Ribadavia con el paladar impregnado de ese ribeiro ácido y frutal, y con la sensación de haber rozado algo profundo y antiguo. No he descifrado el misterio, claro. Los lugares como este no se descifran, se sienten. Se llevan puestos como una humedad persistente en el alma. Queda la imagen de la piedra mojada brillando bajo una luz enferma de otoño, el murmullo constante del agua como un mantra geológico, y esa frase del bodeguero resonando: Todo queda.

Dejo atrás un silencio cargado de ecos, como el que queda en una copa recién vaciada. ¿Qué sed venimos a calmar a estos lugares cargados de historia? ¿La de conocimiento, la de belleza, o simplemente la de sentirnos, por un instante, menos efímeros que la piedra?

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